sábado, 16 de junio de 2018

Narración


EL CHICO QUE TRAJO EL VERANO.

Sonrió negando con la cabeza, secó mis lágrimas, me abrazó y limitó sus palabras a decirme que todo estaría bien.
La verdad, me levanté ese día por la mañana sin muchas ganas de seguir, la última semana había sido una de las más difíciles; mi mundo se había quebrado, aquel perfecto castillo de arena que había construido a mi alrededor se desmoronaba poco a poco, y yo sólo permanecía inmóvil frente a él, no podía hacer nada, había pedazos de mi corazón por todas partes, de mí, de lo que fui alguna vez pero que jamás volvería a ser.
Mi única amiga me había traicionado, me había clavado un puñal por la espalda; mi mejor amigo se había ido, acaudalado de una mentira que tontamente decidí creer. Lo más triste es que ambos eran felices y parecían no necesitarme, aparentemente yo los necesitaba más. Mis amigos me dieron la espalda, decidieron no creerme… El chico de ojos tristes me lo había quitado todo, se lo llevó sin importarle nada.
Era un día nuevo y no estaba lista para dejar mi cama todavía, para abandonar mis sueños en los que todo era mejor, así que sin pensarlo mucho me levanté; mis pies se movían, por inercia; mi corazón latía, aparentemente estaba viva, pero mi alma no estaba ya, no era yo, era un simple cuerpo reaccionando a las incidencias del momento. Me puse mi uniforme sin muchas ganas, me peiné un poco menos de lo usual, y me dirigí al baño a continuar con mi rutina de mañana; lavarme los dientes y la cara, pero me encontré con algo para lo que no estaba preparada. Al mirar en espejo mi cara llena de pequeñas, diminutas erupciones rojas, ¿han escuchado acerca de la gota que derramó el vaso?, pues esa fue la mía. Me sentía un monstruo, intenté no quebrarme, no llorar, pero era imposible romper algo que ya lo estaba. Escuche a mi mamá llamando la puerta del baño, me limpié las lágrimas, me enjuagué la cara y abrí con una sonrisa como las que pones cuando todo está mal, esa que no es más que una careta, un antifaz. Cuando me miró sólo se limitó a mover la cabeza y proporcionarme mi medicamento de la alergia, me subí al carro, y me coloqué los audífonos a todo volumen. En ellos, sonaba la canción “Dream” de Imagine Dragons.
No llores, no llores sé fuerte, sigue sonriendo. El viaje fue corto, no tenía ganas de bajarme del carro, ¿cómo lo iba a mirar a la cara?, le daba la razón de despreciarme, era horrible. El camino al salón fue eterno; los pasillos eran cada vez más largos, sentía la mirada de todos como si fuera un bicho raro. Me detuve unos instantes en el baño, me paré frente al espejo y los diminutos granos rojos ya no estaban, habían desaparecido. Me sentí aliviada pero eso no era lo importante, fue como el ibuprofeno; alivió mi dolor pero no lo curó, seguía allí, estaba sola. Continué mi largo camino por los pasillos y a punto de llegar al salón estaba un chico pequeño de estatura, pero alma grande, quien después sería mi compañero de aventuras, mi hombro para llorar, con quien sabría que podía contar siempre que lo necesitara. Cuando lo mire sonreí, pero sus ojos color Sol podían mirar a través de mi alma y notaron que a pesar de que el Sol iluminaba mi sonrisa, mis ojos eran inundados por una tormenta tempestuosa. No llores mantente fuerte, pero me fue imposible, sus labios pronunciaron la pregunta precisa que desató la catástrofe “¿está todo bien?” Quería decirle que no, que todo estaba mal, que estaba rota, vacía, sola; que vivía rodeada de hipocresía, que yo era una hipócrita por fingir una sonrisa donde no la había. Pero no pude, de mi boca sólo se escuchó el sonoro sonido de un “estoy bien”, pero mis ojos no pudieron ocultarlo; comenzaron a inundarse, y muy pronto liberé de mí toda la tormenta que venía cargando durante algunos meses.
Me abrazó y al hacerlo puso paz en donde no la había. Colocó el Sol que hace tiempo no encontraba, coloreó el arcoíris de nuevo, trajo a mi corazón el verano después de un largo invierno. Cuando me pregunto qué pasaba, no quise decirle lo que en realidad sucedía, así que me limité a mostrarle las embobecidas huellas de la alergia, solo sonrío y dijo que no pasaba nada. Yo sabía que no me creía, pero prefería fingir que sí para no desatar otra catástrofe.
Ese día estaba destinado al desastre desde el inicio, pero la vida se apiadó de mí y me envió un ángel que me ayudaría a salir: un mejor amigo, un hermano. Desde ese momento me di cuenta que nunca más estaría sola de nuevo, y que jamás volvería a sentir el frío del invierno, porque gracias a él, el verano estaba de mi lado.

Por Claudia Jiménez.

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