EL CHICO QUE TRAJO EL VERANO.
Sonrió
negando con la cabeza, secó mis lágrimas, me abrazó y limitó sus palabras a
decirme que todo estaría bien.
La
verdad, me levanté ese día por la mañana sin muchas ganas de seguir, la última
semana había sido una de las más difíciles; mi mundo se había quebrado, aquel perfecto
castillo de arena que había construido a mi alrededor se desmoronaba poco a
poco, y yo sólo permanecía inmóvil frente a él, no podía hacer nada, había
pedazos de mi corazón por todas partes, de mí, de lo que fui alguna vez pero
que jamás volvería a ser.
Mi única
amiga me había traicionado, me había clavado un puñal por la espalda; mi mejor
amigo se había ido, acaudalado de una mentira que tontamente decidí creer. Lo
más triste es que ambos eran felices y parecían no necesitarme, aparentemente
yo los necesitaba más. Mis amigos me dieron la espalda, decidieron no creerme…
El chico de ojos tristes me lo había quitado todo, se lo llevó sin importarle
nada.
Era
un día nuevo y no estaba lista para dejar mi cama todavía, para abandonar mis sueños
en los que todo era mejor, así que sin pensarlo mucho me levanté; mis pies se
movían, por inercia; mi corazón latía, aparentemente estaba viva, pero mi alma
no estaba ya, no era yo, era un simple cuerpo reaccionando a las incidencias
del momento. Me puse mi uniforme sin muchas ganas, me peiné un poco menos de lo
usual, y me dirigí al baño a continuar con mi rutina de mañana; lavarme los
dientes y la cara, pero me encontré con algo para lo que no estaba preparada.
Al mirar en espejo mi cara llena de pequeñas, diminutas erupciones rojas, ¿han
escuchado acerca de la gota que derramó el vaso?, pues esa fue la mía. Me
sentía un monstruo, intenté no quebrarme, no llorar, pero era imposible romper
algo que ya lo estaba. Escuche a mi mamá llamando la puerta del baño, me limpié
las lágrimas, me enjuagué la cara y abrí con una sonrisa como las que pones
cuando todo está mal, esa que no es más que una careta, un antifaz. Cuando me
miró sólo se limitó a mover la cabeza y proporcionarme mi medicamento de la
alergia, me subí al carro, y me coloqué los audífonos a todo volumen. En ellos,
sonaba la canción “Dream” de Imagine
Dragons.
No llores, no llores sé fuerte, sigue
sonriendo. El viaje fue corto, no tenía ganas de bajarme del
carro, ¿cómo lo iba a mirar a la cara?, le daba la razón de despreciarme, era
horrible. El camino al salón fue eterno; los pasillos eran cada vez más largos,
sentía la mirada de todos como si fuera un bicho raro. Me detuve unos instantes
en el baño, me paré frente al espejo y los diminutos granos rojos ya no estaban,
habían desaparecido. Me sentí aliviada pero eso no era lo importante, fue como
el ibuprofeno; alivió mi dolor pero no lo curó, seguía allí, estaba sola.
Continué mi largo camino por los pasillos y a punto de llegar al salón estaba un chico pequeño de estatura, pero alma grande, quien después sería mi compañero
de aventuras, mi hombro para llorar, con quien sabría que podía contar siempre
que lo necesitara. Cuando lo mire sonreí, pero sus ojos color Sol podían mirar
a través de mi alma y notaron que a pesar de que el Sol iluminaba mi sonrisa,
mis ojos eran inundados por una tormenta tempestuosa. No llores mantente fuerte, pero me fue imposible, sus labios
pronunciaron la pregunta precisa que desató la catástrofe “¿está todo bien?”
Quería decirle que no, que todo estaba mal, que estaba rota, vacía, sola; que
vivía rodeada de hipocresía, que yo era una hipócrita por fingir una sonrisa
donde no la había. Pero no pude, de mi boca sólo se escuchó el sonoro sonido de
un “estoy bien”, pero mis ojos no pudieron ocultarlo; comenzaron a inundarse, y
muy pronto liberé de mí toda la tormenta que venía cargando durante algunos
meses.
Me
abrazó y al hacerlo puso paz en donde no la había. Colocó el Sol que hace
tiempo no encontraba, coloreó el arcoíris de nuevo, trajo a mi corazón el verano
después de un largo invierno. Cuando me pregunto qué pasaba, no quise decirle
lo que en realidad sucedía, así que me limité a mostrarle las embobecidas
huellas de la alergia, solo sonrío y dijo que no pasaba nada. Yo sabía que no
me creía, pero prefería fingir que sí para no desatar otra catástrofe.
Ese
día estaba destinado al desastre desde el inicio, pero la vida se apiadó de mí
y me envió un ángel que me ayudaría a salir: un mejor amigo, un hermano. Desde
ese momento me di cuenta que nunca más estaría sola de nuevo, y que jamás
volvería a sentir el frío del invierno, porque gracias a él, el verano estaba
de mi lado.
Por Claudia Jiménez.